La dulzura
Me voló la cabeza pensar en la dulzura como posible herramienta para activar los cuidados
“Los hijos empiezan queriendo a sus padres; cuando se hacen mayores, los juzgan; y a veces los perdonan”.
Oscar Wilde
Hace meses que el adjetivo “enlazada” reivindicó su espacio en mi vocabulario habitual. La palabra apareció cuando trabajaba y exploraba con una coach, el alivio y la construcción de una mejor convivencia con dos adolescentes en casa. “Enlazada” era el apellido que esta mujer le ponía a nuestra familia. Se dice que una familia enlazada es aquella que se forma a partir de la unión de una pareja en la que uno o ambos miembros aportan hijos de una relación anterior. Llamarle a esa forma de relación “familia enlazada” me parece precioso pero a la vez, ese lazo o ensamblaje ya te da pistas de lo artificioso de la unión. Hay mucho por hacer; nadie nace sabiendo hacer lazos. En el enlace hay una unión que se da de manera voluntaria pero no necesariamente natural. Es probable que en ese no necesariamente natural se encuentren limitaciones y preguntas. Preguntas como ¿si no es natural es impostado?, ¿si no es natural puede que sea forzado?, incluso cómo saber hasta cuándo hay que intentar. A mí me gusta habitar los lugares que son lanzaderas de preguntas. No me incomoda permanecer porque siento que es ahí donde surge el crecimiento. Estando en ese lugar, me resultaba bonito pensar en la voluntad como forma de afrontamiento. También me resultaba interesante confrontar el trabajo que hay detrás del enlace con el privilegio de lo natural y su buenismo asociado. “Si es natural es bueno”. ¿Pero es eso siempre así? Me iba más lejos: ¿cuándo un enlace es natural si cada uno de nosotros somos seres únicos? ¿Podría ser que en las familias no adjetivadas haya menos cuidados por eso de dar por sentado el enlace? Sobre esto pienso a menudo. Hay datos que me horrorizan. Datos como que el 74’73% de los agresores sexuales forman parte del ámbito familiar de las víctimas.
El otro día leía una entrevista a Sara Torres, tras la publicación de su ensayo “El pensamiento erótico” donde introduce una nueva herramienta, un nuevo concepto filosófico fundamental para pensar en la vida compartida: la dulzura. Me voló la cabeza pensar en ella como posible herramienta para activar los cuidados. La dulzura como como capacidad, como inteligencia que nos conecta con el otro. Una potencia que tenemos todos los cuerpos para formar parte con otros cuerpos. Buscar en la conducta eso que nos es más útil para enlazarnos: modular la voz, mirar a los ojos, respetar, escuchar, tender una mano... los cuidados. Si es una condición universal, si ya es contemporáneo el pensar que la vida es compartida o no será… ¿no tendría sentido adjetivar como enlazadas a todas las familias? O al menos, si me apuras, no dar esa construcción de la intimidad por sentada. Estoy convencida de que pensar en el otro reconfigura las conexiones y las activaciones cerebrales y que todo ese pensar desencadena un modo de vida más regenerativo y sostenible.
Sara añadía que la dulzura no estaba pudiendo ser por su asociación con lo femenino y lo infantil. Volvía a topar con lo que solemos topar siempre: con el muro del patriarcado. Parece que lo infantil, que lo femenino, no puede ser lugar de producción de pensamiento, ni de sentido.
Permítanme que yo también lo cuestione.



Siento que todo lo que es construir lazos y operar desde la dulzura viene del mundo de lo femenino, y que si sobrevivimos a estos locos que nos gobiernan, esa energía desde lo femenino es la que nos salvará
También leí la entrevista a Sara Torres y me pareció muy reveladora. Me hizo sentir cosas nuevas con respecto a ciertas dinámicas relacionales tanto mentales como físicas. Muy importante su reflexión y su discurso.